¿Por qué Medicina? Mi respuesta a esta pregunta quizás no haya sido clara desde el principio, pues quizás esa vocación de la que muchos hijos de médicos hablan yo no la haya tenido. De pequeñita no pensaba en que de mayor querría ser médico, sino que como otros muchos niños pensaba en una profesión divertida, apasionante y que ganara mucho dinero. En el colegio poco a poco me fui dando cuenta que me atraía trabajar en un hospital, ayudar y sentirme útil con esas personas que lo necesitaran parecía bastante apetitoso.
De repente me encontraba estudiando el bachillerato de ciencias sanitarias. A veces creía tener muy claro que ese era mi camino, sin embargo otras veces me planteaba que por qué había tirado yo por ahí ¿y si estudio Derecho? ¿y Arquitectura?. Decidí no pensarlo más, que tarde o temprano la vocación para decidir qué estudiaría, y por tanto, a qué me dedicaría durante bastantes años de mi vida, aparecería sorprendentemente, y que no por pensarlo una y otra vez llegaría a una decisión que me tranquilizara. Sin embargo ahora he de reconocer que siempre tenía en mi cabecita que yo quería ser médico, no sabía qué tipo de médico, ni sabía tampoco muy bien por qué, ni siquiera si sería capaz de conseguir la nota necesaria que se exigía para entrar (en aquel entonces un 7´75).
El bachillerato pasó muy rápido, y cuando quise darme cuenta mi principal objetivo era sacar una nota alta en selectividad, ¿pero por qué? Pues porque aunque no tuviera la certeza, en mi cabeza continuaba la idea de ser médico. Aun recuerdo las palabras de mi profesora de inglés que me dijo: “sé que si te lo propones tú serás perfectamente capaz de estudiar medicina, pero piénsatelo bien, es una carrera larga, dura y vocacional”, y eso me asustaba. Además, acudí a las charlas de asesoramiento que suelen hacerse cada año en cada facultad. Recuerdo que fui a la de Farmacia y a la de Medicina también, y de nuevo el escuchar “Medicina es una carrera de DEDICACIÓN CASI EXCLUSIVA” me asustaba.
Me alegró mucho contar con una nota que parecía cumplir los requisitos para entrar, pero de nuevo las dudas estallaban en mi cabeza cuando se acercaba el periodo de matriculación. Acababa de terminar un bachillerato, una vía de estudio más o menos establecida y que casi todos mis amigos habíamos hecho porque simplemente sabíamos que queríamos estudiar una carrera universitaria. Pero ahora tocaba decidir, una decisión importante, es más, creo q ha sido la primera decisión importante que he debido tomar.
Todavía recuerdo mi primer día de facultad, mi primera clase de anatomía, que aunque no sepa muy bien por qué, las palabras de aquel profesor me tranquilizaron mucho cuando simplemente dijo: “enhorabuena a todos, que sepáis que habéis escogido la carrera más bonita del mundo”. No pude evitar sentirme contenta, orgullosa, convencida de que sí estaba donde yo quería estar. Y aunque simplemente fueron esas palabras tan sencillas, a mí me bastaron para dejar de dudar. Había escogido sin duda la mejor opción.
Sin embargo, he de reconocer que el camino a veces te hace plantearte si realmente tanto esfuerzo merece la pena: temarios con numerosos bloques, cada uno de los bloques con temas interminables, nombres y listas inacabables… y siempre con una bibliografía recomendada para recordarte que aun sabiendo todo eso, en los libros venía mucho más. Exámenes imposibles tipo test, que restan por respirar o que te hacen dudar hasta de tu segundo apellido. ¿Esto es realmente la medicina? Biología, Bioquímica, Estadística, Historia, Documentación y Terminología… ¿dónde está la Patología? ¿dónde están los pacientes?
Ciertamente los primeros años poco tenían que ver con aquello que yo había imaginado, pero más tarde comprendería que todas ellas eran asignaturas necesarias para poder después construir conocimientos sobre esa base. El conocimiento que yo echaba de menos, y que tardó en llegar, puesto que no ha sido hasta el cuarto año de medicina cuando he sentido que de verdad estaba aprendiendo medicina. Los tres primeros años pasaron rápido, fueron duros, y los recuerdo como un interrogante constante a mi pregunta de si era eso lo que yo realmente quería.
Había preguntado a médicos para que me aconsejaran si estudiar medicina era una buena elección, y muchos me habían contestado lo mimo: es una carrera muy sacrificada, muy vocacional, realmente agotadora y que puede quemarte mucho.
¿Sacrificio? ¿Vocación? ¿Tenía yo esas cualidades? No lo sabía, y con mis 20 años mi balance era el siguiente: muchas asignaturas, todas ellas larguísimas (fueran más o menos importantes), muchas horas de estudio, prácticas, seminarios… y había dejado atrás otras muchas cosas que me gustaban hacer. Dejé la academia de baile en la que había estado durante años, abandoné el equipo de voleibol en el que jugaba, salía con mis amigas pero ya no todos los fines de semana ni mucho menos, no había tiempo para muchas de las cosas que siempre me habían gustado hacer.
Pese a todo, ya estoy en sexto, y ahora puedo hacer un balance positivo y realmente no cambiaría el camino que elegí, mi profesor de anatomía de primero tenía razón, aunque a veces creyésemos que no, que tanto sacrificio y horas de estudio (o trabajo en su caso) no merecieran la pena, esa no era la percepción verdadera. Estaba en la carrera más bonita del mundo, e iba a ejercer la profesión más bonita del mundo, porque he podido comprobar en las prácticas en el hospital de cuarto, quinto y sexto, que el trato con los pacientes y el poder ayudarles de alguna manera o simplemente escucharles, informarles de lo poquito que yo pudiera saber, me llenaba hasta el punto de olvidar todo lo anterior. Y si me siento feliz ahora con este poquito que puedo aportar, imagino que sentiré mucha más felicidad y satisfacción cuando mi papel y mi profesión hagan realmente algo importante por alguien. Aún no sé cuál será la especialidad que escogeré, pero sea cual sea quiero estar rodeada de pacientes, de personas con las que hablar y a las que poder ofrecer algo, porque pienso que es lo más bonito que ofrece esta profesión, en la que, a pesar de tener sus momentos malos, siempre volveré a casa con la sensación de haber hecho algo bueno por alguien, por mínimo que sea, y cada día será diferente. Esa profesión que decía querer de chiquitita, no se aleja tanto de lo que finalmente voy a terminar siendo: es una profesión divertida si le pongo toda mi entusiasmo, apasionante si le pongo pasión, y lo que yo considero más importante, no es para nada monótona, cada día será diferente porque cada día estaré con personas diferentes.
Ahora sí, no tengo NINGUNA duda, me he metido en medicina porque es la carrera más bonita del mundo, y más importante, la profesión más bonita del mundo. No puedo hacer otra cosa si no sentirme orgullosa, pues voy a pasar más de 40 años haciendo algo que me gusta hacer, ayudando a personas que lo necesitan de una u otra manera. Y sinceramente creo, que estas cualidades no las cumplen otras profesiones que ahora agradezco no haber escogido cuando no sabía lo satisfactorio que era llegar a casa con la sensación de haber pasado cada minuto haciendo algo importante para alguien. PGB