Los alumnos de la Facultad de Medicina de Sevilla reflexionan sobre las razones y las emociones que los motivan para estudiar medicina. Se invita a participar en el mismo a estudiantes de otras Facultades de Medicina u otras personas interesadas en participar en el mismo con sus comentarios (Students of the Faculty of Medicine of Seville reflect on the reasons and emotions that motivate them to study medicine. Are invited to participate in the students from other medical schools or other interested persons to participate in it with your comments). (Pablo Bonal Pitz).


La Medicina es la ciencia y el arte de conocer a las personas para intentar ayudarlas

¿Por qué estudiar Medicina? Buena pregunta. Para mí, esa opción siempre estuvo ahí. Aunque tampoco es que tuviese una vocación inquebrantable desde los 4 años ni nada de eso. De hecho, no creo demasiado en la vocación. ¿Cómo vas a saber desde niño o adolescente qué es lo que vas a querer hacer durante toda tu vida, si no tienes ni idea de la vida? En fin. En mi caso, tengo médicos y diversos profesionales sanitarios en mi familia y entorno cercano y supongo que “conocer” un poco todo ese mundo (aunque ahora veo que realmente no conocía nada de nada por aquel entonces) influyó en algo. También tenía otras opciones en mi horizonte profesional, claro está. Y muy diferentes a la Medicina. Pero el hecho de que ya me interesase mucho por las asignaturas relacionadas con la Biología desde el bachillerato, la perspectiva de un trabajo “seguro” (aunque con los tiempos que corren… pero bueno, esa es otra historia), y sobre todo la posibilidad de poder escoger después entre muchas opciones dentro de la Medicina y de hacer un trabajo dentro de lo que cabe variado e interesante… qué sé yo, o quizás un poco la mezcla de todo eso y de no sé qué misterioso designio del destino, me llevó a escribir aquellos números como primera opción en mi preinscripción para la universidad. Y aquí estoy.

Nadie dijo que fuera a ser fácil, eso ya lo sabía yo como el que más. Pero ahora precisamente que estamos casi al final, miro hacia atrás y pienso en todas las cosas que he vivido y siento esa extraña sensación que me asalta cada vez más desde que soy consciente de que me estoy haciendo mayor: por un lado me asombro de lo rápido que ha pasado el tiempo y recuerdo el primer día como si fuese ayer, pero por otra parte soy consciente de la cantidad de cosas que han pasado desde entonces y me doy cuenta de lo que me han cambiado estos años. Ya no puedo imaginar mi vida sin estudiar Medicina. Todas esas innumerables horas de biblioteca, tardes (bueno, y noches, y mañanas, y de todo) de estudio, exámenes, litros de café, apuntes, libros… tantas clases y prácticas. Al principio empecé con muchas ganas e ilusión, aunque realmente aquello no tuviese mucho que ver con la Medicina de verdad… Que si prácticas de Anatomía con cadáveres, prácticas de microscopio, estudiarse los músculos del antebrazo, la molécula de hemoglobina y la enzima ADN polimerasa y demás… y sin darme cuenta ya estaba estudiando la semiología, la clínica de las enfermedades, los algoritmos diagnósticos y los tratamientos y diagnósticos diferenciales de las enfermedades. Parece mentira que puedan aprenderse tantas cosas en tan poco tiempo. Entonces es cuando empiezas a ir al hospital y al principio tienes la impresión de que no tienes ni idea de nada. Pero el tiempo pasa y poco a poco te vas dando cuenta de que empiezas a entender cada vez más de qué va la cosa, escuchas hablar a los médicos  en las prácticas o lees las historias y te vas dando cuenta de que el médico que vas a ser ya se está perfilando en ti. Y no sólo eso: lo mejor es que empiezas a recibir las primeras lecciones de los mejores profesores, los pacientes.

Y es que ahí está la clave de algo muy importante en la Medicina: conocer en profundidad las enfermedades, sus mecanismos fisiopatológicos, los criterios diagnósticos, los protocolos de tratamiento, etc., puede aportarte mucho y ser apasionante, claro que sí. Pero hay algo que va más allá de todo eso. La Medicina no es sólo entender todos los tipos de glomerulonefritis ni saber cómo se trata la leucemia promielocítica aguda. Cuando te tomas un poco de tiempo para hablar con un paciente, explicarle algo que le inquieta, resolverle sus dudas, tranquilizarle, o simplemente conversar un poco con él… te das cuenta de que una de las cosas más maravillosas que tiene la Medicina es precisamente el hecho de trabajar con personas. Es, como nos han dicho tantas veces, al mismo tiempo una ciencia fascinante y un arte sutil. La ciencia y el arte de conocer a las personas (en todos sus aspectos y en profundidad) para intentar ayudarlas en sus problemas. Eso tan difícil de explicar es precisamente lo que la hace tan especial y tan diferente y, al menos para mí, hace que merezcan la pena todos los esfuerzos y sacrificios que conlleva entregarse a ella.

Por eso creo que no se trata simplemente de una carrera que elegiste en su día, de una serie de asignaturas que estudias y de exámenes que apruebas. No sólo eres médico porque tienes un título de licenciado que lo acredita. Pienso en la Medicina más bien como en una forma de vivir, que vas asimilando casi sin darte cuenta, y que probablemente poco o nada tiene que ver con lo que esperabas a los 17 años cuando entraste en la facultad. Cuando pienso en el camino que he recorrido hasta aquí, veo que no todo ha sido de color de rosa ni mucho menos: ha habido muchos momentos de frustración, cansancio, dudas, incertidumbre… y supongo que todavía quedarán muchos más, porque esto no ha hecho más que empezar. Pero aun así, considerando los dos platos de la balanza, creo que todo ha merecido con mucho la pena, y si reformulásemos la pregunta inicial a “¿Podrías estudiar algo, si pudieses volver a elegir, que no fuese Medicina?” creo que mi respuesta sería un rotundo “¡No!”.
Alumno de 6º curso del HU de Valme (Sevilla).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada