Los alumnos de la Facultad de Medicina de Sevilla reflexionan sobre las razones y las emociones que los motivan para estudiar medicina. Se invita a participar en el mismo a estudiantes de otras Facultades de Medicina u otras personas interesadas en participar en el mismo con sus comentarios (Students of the Faculty of Medicine of Seville reflect on the reasons and emotions that motivate them to study medicine. Are invited to participate in the students from other medical schools or other interested persons to participate in it with your comments). (Pablo Bonal Pitz).


Personas de las que he aprendido Medicina, muchas. Personas de las que haya aprendido a hacer Medicina, ninguna.

La verdad que ante la cuestión de por qué estudié Medicina habré respondido de una manera diferente cada vez que me la hayan preguntado. Como todo en la vida, depende de con qué pie te hayas levantado ese día. Y creo que con esta carrera se hace aun más evidente. Supongo que si me lo hubieran preguntado allá por junio de 2007, antes de empezar primero, hubiera respondido algo totalmente opuesto a lo que voy a responder hoy. Y la verdad, nunca me había planteado cuánto puede cambiar una opinión a través de la experiencia. Es decir, como el paso del tiempo, puede modular tanto una percepción que parecía tan segura por entonces.

Creo que mi ‘yo de primero’ con unos cuantos kilos de ojeras menos que ahora y una mirada algo más amable, menos cansada, habría respondido fiel a lo que era. Una chica de 17 años con miles de proyectos en la cabeza, unas ganas inmensas de absorber cualquier información que pululara a mi alrededor y con una idea demasiado sobrevalorada de cómo sonarían unos pulmones enfisematosos a través de mi fonendo. Hubiera respondido que siempre había soñado con vestir una bata blanca y andar por los pasillos de un hospital saludando a cada uno por su nombre. Entrar en todas las habitaciones de los pacientes, sentarme en sus camas, apagar la tele y simplemente charlar. Conocer su enfermedad. No la del libro, sino la suya. De qué manera le duele, sí, y cómo se irradia, pero también cómo le afecta cuando llega al trabajo cada día sin haber dormido la noche anterior. Y cómo desde entonces se ha vuelto una persona dependiente, y no puede levantarse sin ayuda para ir al baño. De lo que le preocupa que ahora sea su hija la que tiene que darle de comer a ella, cuando hasta hace unos años era al contrario. Pensaba ser de esos médicos a los que le preocupan las personas. Que quieren conocer su realidad completa, su realidad sana y no solo su realidad enferma. En fin, no sé si logro explicarme, porque ni yo misma recuerdo exactamente cómo era esa imagen que había fabricado en mi cabeza antes de entrar en un hospital vestida de blanco por primera vez.

A medida que fueron pasando los meses y los años esa imagen se fue deteriorando. No encontraba esa amabilidad por ningún rincón del hospital. Todo era burocracia, papeleo y gestiones. El tiempo para ver a los pacientes se reducía a una mínima parte de la jornada. Pruebas complementarias, exploración física y plan terapéutico. ¿Pero y el momento de sentarse junto al paciente y escuchar?, ¿cuándo llegaba esa parte en la que el médico callaba, sonreía y simplemente escuchaba al paciente? Esperé que llegara el momento pacientemente, pero a día de hoy todavía no ha llegado. Por el camino me he encontrado auténticos genios de la Medicina, de los libros me refiero. Pero ni uno, y es muy duro decirlo tras seis años, ni uno solo ha sido para mí un referente. Alguien de quien fijarme, de quien aprender, alguien a quien admirar. Personas de las que he aprendido Medicina, muchas. Personas de las que haya aprendido a hacer Medicina, ninguna.

Espero que nadie se haya echado las manos a la cabeza con esto que he dicho. Quizá alguno de mis compañeros escriba sobre lo estimulantes que han sido estos seis años de carrera, lo mucho que le han hecho reafirmar sus pensamientos iniciales sobre el ejercicio de la Medicina. Me alegro infinitamente por ellos. Ojalá yo hubiese buscado donde ellos han sido capaces de encontrar.

De todas maneras, ‘nadie escarmienta en cabeza ajena’, o al menos eso decía mi abuela. Así que yo, ahora a mis 23 años, con algo más de ojeras que a los 17 pero con menos que los médicos de mi hospital, estoy a tiempo. Siento que me encuentro capacitada y en el momento adecuado de cambiar las cosas. De no cometer los mismo errores. De escarmentar de una vez por todas de esta forma de hacer Medicina. De no conformarme con hacer lo mismo que han hecho otros. De cambiar las cosas. De crear escuela o como quiera llamarse. De preocuparse de una vez por todas del enfermo y su vivencia de enfermedad. De su familia. De su entorno. De dejar de mirar a las personas a través de una radiografía y mirarlas a los ojos durante un buen rato. Creo que todavía no me han quitado la ilusión de ser buen médico. Y espero conservarla unos cuantos años más.

Y esta es mi opinión a día de hoy, filtrada a través de seis años de carrera. Muy diferente de mi idea inicial. Quizás dentro de otros seis haya vuelto a cambiar.
Alumna de 6º curso de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada